“Todo se lo debo a Venezuela”
Juan Pablo Crespo / jcrespo@panodi.com / Foto: Mónica GuevaraDía del Migrante. Nabil Alsafadi llegó directo desde Siria a El Moján, en diciembre de 1970, a los 15 años. Esperaba encontrarse con la “Venezuela Saudita” que tanto se hablaba en el exterior. Sin embargo, lejos estuvo de decepcionarse. Pese a no saber nada de español, salió adelante y echó raíces.
Junto con su madre y cinco hermanos, llegó a El Moján el cinco de diciembre de 1970. Antes de salir de Siria en busca de mejores oportunidades, pensaba que se encontraría con la “Arabia Saudita de Latinoamérica”. Aquella imagen de la nación rica que daba la vuelta al mundo, producto de su riqueza petrolera se estrelló con la pobreza y el atraso de la Guajira. Sin embargo, Nabil Alsafadi y su familia se enamoraron de las aguas del Lago y del calor humano de su gente.
Lo que pudo ser una experiencia con fecha de regreso para reencontrarse con sus raíces árabes y seres queridos, se convirtió en un viaje de no retorno.
Cuando Nabil pisó la tierra de Bolívar y de la gaita dicharachera, a sus quince años, no sabía ni papa de español. Cuarenta y dos años después, con su bata blanca y estetoscopio al frente recorre los pasillos de neonatología del Hospital Chichinquirá, donde llegó a inicio de la década de los noventa para iniciar su postgrado en pediatría.
Así, con su trabajo, el además secretario de la federación de entidades venezolano-árabes y presidente fundador del Club Árabe Venezolano, ubicado en el municipio San Francisco, le retribuye al país las oportunidades brindadas. Pero como él mismo lo dice, el mejor aporte que deja son sus cuatro hijos.
“La mayor contribución de la colonia árabe es el hijo que nace, crece y se desarrolla en Venezuela”, reflexiona. “Es extremadamente bajo el porcentaje de nuestros hijos que han abandonado el país. Se quedan porque, entre otros aspectos, la unión de la familia es fundamental”.
Por resolución de la ONU, el mundo celebra hoy el Día Internacional del Migrante, fecha propicia para que los estados miembros, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales intensifiquen la difusión de información sobre los derechos humanos, el intercambio de experiencias y la formulación de medidas para protegerlos.
Aunque no existe un censo preciso, se calcula que Venezuela alberga 1 millón 100 mil ciudadanos de origen sirio, que representan entre un 4% y un 5% de la población total.
Pero el legado no se queda solamente en los hijos. Gran parte de la evolución que ha alcanzado Venezuela se debe al trabajo ejemplar de los inmigrantes, como la siria y la árabe en general, que han aportado desarrollo económico a partir de la creación de empleo, formación de mano de obra y aportes de capitales.
La primera y más importante ola de sirios se produjo en la década de los 50. Entre los años 52 y 57 llegó más del 70% de esos primeros aventureros.
Por conflictos bélicos, raciales, políticos o para buscar un mejor futuro, millones de personas a través de la historia se han desprendido de sus tierras. Dar el paso no es fácil. Por muy amable que sea el país receptor, hay que darle la cara a la adversidad: Un idioma distinto, otra cultura, comenzar desde cero, buscar trabajo, condiciones ambientales diferentes y, en fin, ser aceptado en la sociedad.
A veces la adaptación se torna tan difícil que hay quienes deciden volver a empacar para regresar, o probar suerte en otras latitudes. Pero este no fue el caso del padre de Nabil, quien en 1967 se había instalado en El Moján. Tres años después, recibió a la familia y se convirtió en el bálsamo para lidiar con las adversidades. “La migración árabe, en su gran mayoría, se vino para mejorar su situación económica”, explicó el neonatólogo.
“La impresión que teníamos era de un país petrolero con muchas riquezas. Esperaba ver grandes autopistas y edificios muy altos. Allá (Siria) escuchábamos sobre la riqueza de este país y por eso se nos hizo atractivo. Lo que imaginábamos era una especie de Arabia Saudita en América Latina”.
“Para 1970, Venezuela no tenía tanto desarrollo en comparación con sus ingresos y su riqueza petrolera, sobre todo la zona de la Guajira, donde permanecimos hasta que nos mudamos a Maracaibo en 1979”.
Pese a las precarias condiciones socioeconómicas que encontró, Nabil rememoró que la inseguridad no era un problema mayor en El Moján. “En aquel entonces había mucha seguridad, la gente se reunía a tomar café en la plaza Bolívar alrededor de las cinco de la mañana. También recuerdo a Nazaret, una zona de ranchos, con niños desnutridos que usaban el mismo plato de comida que utilizaban los cerdos”.
Nazaret, todavía en pie, fue por muchos años considerado uno de los sectores más pobres de América Latina.
Las casas de lata y los palafitos quedaron grabados en la memoria de Nabil. Aquello era, literalmente, otro mundo. “Para mí fue impactante ver las casas de lata y los palafitos sobre el Lago de Maracaibo. En Siria, por sus cuatro estaciones climáticas, eso no se observa. Allá es inconcebible una vivienda de latón porque los inviernos son muy fríos”.
No menos impactante resultó el Lago de Maracaibo, en contraste con la sureña provincia de Suwayda que le vio nacer, una zona volcánica, alejada de las costas y de pocas precipitaciones.
“El Lago de Maracaibo fue algo deslumbrante para nosotros. Nuestra casa estaba a orillas del Lago, que cuando crecía un poco entraba hasta el patio”.
“Con mucha frecuencia nos metíamos a nadar. Era un Lago poco contaminado y, por consiguiente, nos dábamos el lujo de divertirnos allí”, cuenta.
Nabil comenzó a familiarizarse con el español en el colegio Hugo Montiel Moreno. Allí, le dio continuidad al bachillerato que en Siria había cumplido hasta el cuarto año. Fueron días duros por el desconocimiento del idioma, pero lleno de alegres experiencias.
“Lo primero que hizo mi hermano mayor fue conseguirme un cupo en el colegio de las monjas. Yo no entendía nada. En aquel entonces, el avance tecnológico y las facilidades tenían sus limitaciones, ni siquiera existía un diccionario árabe-español. Para tratar de entender las palabras, lo que hacía era traducir del español al inglés, y del inglés al árabe. Muchas veces terminaba traduciendo algo totalmente distinto al verdadero significado”.
Las travesuras de esos primeros amigos no se hicieron esperar mucho. “Los muchachos, con un cándido buen humor que les caracterizaba, lo primero que me enseñaban eran las malas palabras, y eso en un colegio de monjas era algo incómodo para mí”.
De aquel pedazo de tierra que le abrió los brazos al recibirlo hace ya más de cuatro décadas, al hurgar en su memoria, Nabil solo encuentra buenas palabras. “El Moján es un pueblo muy hospitalario y familiar, típico de las raíces del zuliano y del marense. Me brindaron mucho calor humano”.
Ya instalados en Maracaibo, tuvo que decidirse por los estudios universitarios que cursaría en la Universidad del Zulia. “Mi padre influyó mucho en mí. Siempre nos decía que quería tener un médico en la familia. Para los años 70, tener un médico era algo de mucho orgullo para el núcleo familiar. Además, a pesar de lo costoso de la carrera, el perfil humano de la medicina la hacía más atractiva”.
En el trajín de los estudios, emprendió camino hacia el llano venezolano, específicamente a Portuguesa, donde realizó sus prácticas rurales y donde sin saberlo se enamoraría de quien es hoy su actual esposa. “La conocí en un pueblo llamado Biscucy”.
De vuelta a Maracaibo, entró al Hospital Chiquinquirá y desde entonces no ha vuelto a salir de allí. “Soy adjunto del servicio de neonatología y colaboro en la parte de docencia de pregrado y postgrado”.
De sus raíces, conserva el idioma, al menos en el hogar, y algunas tradiciones. “En mi casa tratamos de comunicarnos en árabe para tratar de preservarlo. Mi madre, de 86 años, que no habla el español con mucha fluidez, ha sido una escuela para mis hijos en materia de idioma árabe”.
“Nuestra cocina es principalmente árabe. En lo religioso, celebramos el Día del Sacrificio o Adha”.
“Lo celebramos en un compartir. El Adha es un símbolo al sacrificio que hizo Abraham. Se remonta a cuando Dios puso a prueba a Abraham, al pedirle que sacrificara a su hijo. Pero en ese momento, el Ángel Gabriel bajó del Cielo, y le entregó a Abraham un cordero para que lo sacrificase en lugar de su hijo”.
El Día del Sacrificio dura tres días, antecedidos por 10 de ayuno. Durante la celebración se acostumbra a compartir comida y regalos con personas de bajos recursos. “Son tres días de reconciliación. Es un momento especial para encontrarse con Dios”.
A pesar que Nabil se considera un venezolano más, ha luchado y echado raíces en su Zulia querido, no deja de pensar en la actual crisis civil por la que atraviesa Siria desde hace un año y ocho meses.
“Siento mucho dolor por los que está pasando allá. Primero, por la muerte de inocentes que de ambos bandos caen, en especial por los niños. Segundo, porque Siria había logrado, en los últimos años, un desarrollo notable que se destacaba en la zona del Medio Oriente, ahora, en parte, perdido”.
A Nabil le parte el alma los crueles enfrentamientos bélicos que no respetan a nadie ni a nada. “Esa violencia no está sometida a ninguna normativa global de guerra: No se respeta la ley internacional destinada a proteger los hospitales, las mezquitas, los niños, las mujeres y personas de la tercera edad”.
“Creo que hay grupos que se han introducido y que quieren hacer ver a Siria como un pueblo salvaje y con contradicciones religiosas que no son propias. Hay intereses que quieren provocar el conflicto. Constantemente trabajan para cerrarle las puertas a la solución pacífica y, así, encaminar las soluciones a los intereses foráneos”.
Antes que estallara el conflicto interno, Siria se destacaba entre los cuatro países con mayor seguridad ciudadana en el mundo.
Y también antes que estallara la violencia, recordó que Caracas y Damasco habían abierto caminos de integración muchos más estrechos y productivos para ambos lados. “Se firmaron convenios entre los dos países, con intercambios interempresariales y profesionales, ahora truncados por la situación interna siria”.
Nabil resalta que en Venezuela existe un mosaico de nacionalidades que han sabido convivir en plena paz a través de los años. Y él, es un ejemplo de ello, su acento y apellido lo delatan rápidamente. “Cuando me dicen que soy árabe, me siento muy bien (...), así como cuando me dicen latinoamericano, nuestra gran patria”.
Nabil representa ese encuentro de dos civilizaciones que se nutren mutuamente en el camino. “A pesar que compartimos costumbres occidentales, la nuestra es mucho más conservadora. Ese encuentro nos ha enseñado a cómo obtener más libertades, cómo darle más libertades a nuestros hijos”.
“El zuliano y el venezolano en general sienten un gran amor por su patria, que igualmente nosotros los árabes compartimos. Y como ciudadanos de un país no muy desarrollado, todavía aquí nos gusta el compartir, reunirnos para tomarnos un café, un vino. La familia es algo muy importante”.
Como médico, con más de 20 años de experiencia, Nabil cree que en materia de salud falta mucho por hacer, sin embargo, reconoce que es mucho el camino avanzado en los últimos años.
“Hay muchos índices en los que se ha mejorado mucho, como el índice que desnutrición infantil. En el “Chiquinquirá” llevo las estadísticas de mortalidad infantil, por lo que puedo decir que hace unos 15 o 20 años la mortalidad neonatal estaba entre 20-25 por mil, ahora está por debajo de 10. Esto debido a un mejor equipamiento y una mejor atención a los niños”.
Nabil Alsafadi representa ese inmigrante trabajador que se enamoró de la tierra que le abrió las puertas, aunque no se olvida de sus raíces.
“Todo se lo debo a Venezuela”.

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