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martes, 18 de diciembre de 2012


PERFIL// LAGARDE de la piscina al FMI

Juan Pablo Crespo / jcrespo@panodi.com


La primera mujer en dirigir el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha seguido al pie de la letra las históricas recetas del organismo para cuando en casos de emergencia hace falta romper el vidrio. Los acuerdos de Bretton Woods y los pactos que surgieron en la década de los 90, al parecer no permiten tirar del timón hacia otras direcciones.

Sin embargo, según el cristal con que se mire, Christine Lagarde puede inspirar tanto elogios como duras críticas cuando de evaluar, por ejemplo, su papel ante la crisis económica de la eurozona se refiere.


Nada fácil le ha tocado desde que en junio de 2011 asumió el cargo, tras la renuncia de su antecesor, Dominique Strauss-Kahn, por acusaciones de acoso sexual. A la tambaleante economía de los países que conforman la Unión Europea se le ha sumado una institución erosionada por la falta de credibilidad y que se encuentra en una etapa de transformación.
No en vano, en los años recientes se fortaleció la idea en el mundo sobre que es posible progresar y ganarle poco a poco la batalla a la pobreza sin el FMI. Por lo menos, Latinoamérica es un ejemplo de ello, con sus altos y sus bajos.

“Más que por la gestión de Lagarde, lo que hay que preguntarse es por la filosofía del FMI. Imbuido por el llamado “consenso de Washington, este organismo aplica las mismas recetas a todos los países sin tener en cuenta sus características específicas. Un ejemplo: En Europa hay una Unión Monetaria (zonaeuro) sin unión bancaria y sin armonización fiscal y diversidad económica entre sus países”, dijo a PANORAMA José Ramón Pin, del Eise Business School de la Universidad de Navarra, en España.

“El FMI no tiene una teoría macroeconómica adaptada a estas circunstancias; sus macroeconomistas, inspirados en la Escuela de Chicago, saben manejar una economía compacta, pero no esta nueva forma económica. Por eso, Lagarde no entiende cómo funciona la economía griega y le aplica recetas que le llevan al desastre”, agregó.

Para Pin Arboledas, “el pecado de Lagarde es no ser consciente de lo que decía el filósofo griego: ‘Solo sé que no sé nada”.

Una visión distinta tiene Ramón Pacheco-Pardo, del King's College London, quien cree que “Lagarde ha hecho un buen trabajo tomando en cuenta el mandato del FMI: Participar en los rescates de los distintos miembros de la eurozona con problemas de pago de deuda soberana. En este sentido, tanto el FMI como Lagarde poco más pueden hacer”.
Pacheco-Pardo hizo referencia a esa etapa en la que el Fondo se ha encarrilado en los últimos años. “Lagarde ha llegado a la dirección del FMI en un momento en el cual la misión principal de este organismo está cambiando, centrándose más en la provisión de información. Este es un cambio estructural que ni la actual presidenta del organismo ni ningún otro futuro director podrá cambiar. El Fondo se ha mostrado muy objetivo en sus informes sobre las economías de la eurozona. Así pues, se puede decir que, bajo el mandato de Lagarde, el FMI ha recuperado parte de la credibilidad que perdió al estallar la crisis”.
El director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami, Joaquín Roy, estima que todavía es temprano para ver a un FMI fortalecido en la administración de la francesa, que todavía tiene tres años y medio más de trabajo por delante. “Ella ha hecho lo que ha podido, teniendo en cuenta las circunstancias y el protagonismo ejercido por los diversos gobiernos europeos. Es pronto para esperar que el FMI resurja de sus cenizas tras sus recientes incidentes de su anterior director. Los problemas europeos son muy complejos para ser resueltos solamente por una institución. Se necesita la colaboración de varias, y sobre todo de la propia Unión Europea”.
Lagarde siempre fue la favorita para instalarse en el FMI, donde ahora trata de moverse con la misma destreza que una vez tuvo en el nado sincronizado. Dentro de la pileta formó parte del equipo nacional galo y ganó varias medallas en su adolescencia.
Llegó a decir, con un toque de humor de por medio, que el deporte le había enseñado algo útil para ser aplicado en la política: “Apretar los dientes y sonreír”.
Y es que Lagarde no proviene de una formación económica, sino más bien política, algo que la distingue del resto de directores que han pasado por el FMI en más de 60 años.

“No soy una gran economista; puedo entender de lo que hablan, tengo suficiente sentido común para ello, y he estudiado algo de economía. Pero sí, esa forma de tener en cuenta los intereses de la otra parte en la mesa de negociaciones, el sentido de interés colectivo y cómo puede trascender los intereses individuales de los miembros son cosas importantes”, declaró poco después de asumir el cargo.
Tras estudiar inglés, derecho comercial y una maestría en ciencias políticas en Francia, pasó a trabajar en el despacho estadounidense de abogados Baker & McKenzie. Uno a uno fue subiendo los escalones hasta alcanzar la cima.
En 2005, tras 10 años viviendo en Chicago, Lagarde recibió una llamada que le cambió la vida y la involucró en la política. El exprimer ministro francés, Dominique Villepin (2005-2007), le ofreció el cargo del ministerio del Comercio Exterior durante el gobierno de Jacques Chirac. Dos años después, el expresidente Nicolas Sarkozy la nombró ministra de Economía, posterior a un corto paso por Agricultura y Pesca.

Delgada, alta, elegante y de cabello plateado, Lagarde se ha mostrado siempre abierta a las críticas. De hecho, en su anterior despacho tenía colgados en la pared caricaturas que el humorismo político francés pintaba sobre ella. “Es una manera de entender las críticas”, llegó a explicar.
Fuertes señalamientos recibió cuando recomendó, con un toque de broma, que ante el incremento de los precios del petróleo los franceses debían utilizar más la bicicleta.
Pero no tardó en adaptarse rápido y destacar dentro y fuera de Francia, uno de los países más industrializados del mundo y perteneciente al G-7. En 2009, la revista Financial Times la seleccionó como la mejor ministra de Economía de Europa. “Las medidas adoptadas por el Gobierno galo han sido importantes para evitar una recesión más profunda. A esto hay que añadirle su estatura internacional”, justificó la publicación.
Poco antes de dejar su cargo, la hija de un profesor universitario y de una maestra ya se había convertido en el titular de Economía con más tiempo seguido en la cartera durante los años de la V República.
Para la revista Forbes, su trabajo tampoco pasó desapercibido. Hace tres años ocupó en puesto 17 en la lista de las mujeres más poderosas del mundo.

Lagarde ha defendido un mayor espacio para los países de economías emergentes, ha calificado de valiente los ajustes emprendidos por el Gobierno español, que pasan por una dura austeridad, y ha instado a los griegos a que paguen sus impuestos. Curiosamente, su contrato con el FMI le asegura un sueldo de 467.940 dólares al año, con $ 83.760 para gastos de representación, todo libre de impuestos, según publicó el diario The Guardian. Se trata de un paquete mayor al del presidente Barack Obama, quien sí paga impuestos.
La exministra es conocida, además, por su debilidad por los pañuelos de seda y los trajes de Chanel. Gusta de la comida vegetariana, no toma bebidas alcohólicas, practica el yoga, el buceo; es amante de la jardinería y prefiere alojarse en hoteles que tengan piscina dado su amor por la natación.

Quienes están cerca de ella la han descrito como inteligente, amable, serena y con una habilidad especial para utilizar el garrote o la seda, de acuerdo con las circunstancias.
Divorciada y madre de dos hijos, Lagarde es una defensora de más espacio para las mujeres, aunque critica a aquéllas que tratan de parecerse a los hombres para ganar terreno.
Así, con un guante de hierro y otro de seda, entre críticas y aplausos, Christine Lagarde está al frente de FMI, que espera levantar entre una crisis económica que azota a Europa.

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